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LA CEGUERA DEL VELO DE LA CONCIENCIA.


Esta experiencia en tercera dimensión solo es posible gracias al famoso velo de la conciencia. Esa conveniente ceguera que nos oculta quienes somos realmente y permite identificarnos plenamente con el personaje que hemos construido, o mejor dicho, que nos han dicho que somos.

Precisamente es lo que intentamos derribar cuando emprendemos el camino de autoconocimiento, pero si lo piensas bien, es fácil apreciar la impecabilidad de dicho mecanismo.

Imagina como sería la vida en plan…: “mi padre me cose a palos cuando llega borracho, no pasa nada, solo es una experiencia más, siento su intención positiva y sus condicionamientos vitales. Gracias papá”.

Pero no funcionamos así. Ante situaciones como esa, nos enfadamos, tenemos resentimiento, tomamos resoluciones y sufrimos, sufrimos un montón. Precisamente esa energía (el sufrimiento) es el motor que nos puede llevar a intentar cambiar nuestra forma de ver la situación cuando llegamos a cierto límite. Y ahí es donde el libre albedrío entra en la ecuación. Ambos caminos aportan un aprendizaje distinto, ambos alimentan a la Consciencia.

Volviendo al velo, es gracias a él que no nos enteramos de nada. Nuestra mente consciente, la pobrecilla, cree que controla algo, que sabe algo… ¡Qué inocente!

Desconocemos las proyecciones que hacemos en cada una de las personas con las que interactuamos en nuestra vida, las sincronías que causalizamos para crear ciertas experiencias, la perfección de esas experiencias que nos ponen delante de las narices a cada instante lo que tenemos que resolver, la repercusión de nuestras decisiones en la humanidad, etc.

Además de su exquisita función, solo por el placer de poder quitarse el velo, si no existiera, habría que inventarlo.


Carlos Muñoz


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